BIO

Su nombre se convirtió en un emblema de la búsqueda de la paz, pero John Lennon nació y murió con violencia. Llegó al mundo el 9 de octubre de 1940, cuando Liverpool quedó bastante dañada a causa de los bombardeos de las fuerzas aéreas de Hitler. El hospital de maternidad de Oxford Street se alzaba sobre una colina en el centro de la ciudad; más abajo se encontraban los muelles que daban prosperidad al puerto, pero que ahora sufrían un terrible castigo. Noche tras noche, el río Mersey parecía Pearl Harbor durante los años de guerra, y miles de personas perecieron en los adosados de los suburbios o en refugios improvisados. Pero el bebé de Julia Stanley, nacido durante la guerra, sobrevivió y llegó a casa indemne.

La casa de los Lennon era pequeña, en una calle cerca de Penny Lane: el padre de John, Freddie Lennon, estaba ausente, ya que era marino. Liverpool era el lugar desde el que generaciones enteras de nuevos estadounidenses habían abandonado Europa, y sus vínculos con Nueva York no habían perdido fuerza. Freddie era como muchos otros liverpolitas, que conocían mejor los bares de Brooklyn que los palacios de Londres. Los marinos y soldados estadounidenses se convirtieron en una fuente de discos procedentes de Estados Unidos que hicieron de Liverpool una ciudad de rock and roll. La música negra estadounidense encontró un mercado ávido en su puerto, que se había enriquecido gracias a la venta de esclavos africanos a los patrones del Nuevo Mundo. En un parque cercano a la casa de John se alzaba una estatua de Cristóbal Colón con la inscripción: “El descubridor de América fue el hacedor de Liverpool”.

Sin embargo, habían sido los irlandeses quienes, en particular, habían dominado Liverpool desde las migraciones masivas de los años de la hambruna un siglo atrás. Estos forasteros celtas, junto con los galeses, aportaron a esta ciudad de Lancashire un acento híbrido propio, que John no perdió nunca. (De hecho, era uno de sus descendientes). Y los estereotipos celtas se relacionaron con rapidez a las población de Liverpool: apasionados y sementales, amantes de la música y las letras, ingeniosos y subversivos. Lejos de romper el molde, Lennon era la encarnación de ese estereotipo.

Sin embargo, su educación fue convencionalmente británica. La respetable Tía Mimi se hizo cargo de John a partir de los cinco años. Junto con su marido, George Smith, educó al niño en una pulcra casa adosada de Menlove Avenue, en las afueras de Liverpool. La Gran Bretaña de la posguerra sufría escasez y racionamiento (“G es para naranja”), rezaba el poema de John titulado Alphabet, “que nos encanta comer cuando podemos conseguirlas”, aunque su situación era relativamente cómoda.

Tenía un hogar en el que recibía afecto y asistió a Quarry Bank, una de las mejores escuelas de la ciudad. Sus orígenes no eran tan desfavorecidos como, en ocasiones, parecía dar a entender.

Sin embargo, no era capaz de olvidar que sus padres biológicos lo habían abandonado. Freddie dejó a Julia, y Julia no quería a su hijo John. Cuando alcanzó la adolescencia, John comenzó a ver a su madre de manera regular, pero ella falleció en un accidente de tráfico. Parece ser que la tragedia agravó la sensación de soledad de John.

Según afirmaba, durante su infancia solía caer en un profundo estado de trance. Le gustaba pintar y dibujar, así como el estilo surrealista y “disparatado” de Lewis Carroll, Edward Lear y Spike Milligan. No obstante, su mente ágil lo convirtió en un rebelde en lugar de en un alumno destacado. Para los suburbanitas de Liverpool de la generación de Mimi, el acento de Liverpool era sinónimo de falta de educación, mientras que el pelo desgreñado y la ropa desaliñada, lejos de parecer bohemios, solo despertaban recuerdos de la Depresión anterior a la guerra. John se preocupó por adoptar todas estas cosas.

El rock and roll fue su salvación, cuando llegó como una bomba nuclear cultural a mediados de la década de 1950: John tenía quince años. Sin embargo, su educación musical había comenzado antes. Tal y como escribió Yoko en las notas de la carátula de Menlove Ave., “las raíces del rock estadounidense de John, Elvis, Fats Domino y Phil Spector, son evidentes en estos temas. Pero lo que oigo en la voz de John son las otras raíces del niño que creció en Liverpool escuchando ‘Greensleeves’, BBC Radio y Tessie O’Shea”. Además de los clásicos ligeros y las canciones novedosas de la época previa a la irrupción del televisor, John aprendió muchas de las canciones populares que aún se cantan en Liverpool (‘Maggie May’, entre otras) y los himnos que memorizó en la escuela dominical. Al igual que ocurría con su vecino Paul McCartney, la comprensión subconsciente de la melodía y la armonía, además del ritmo, se formó en la mente de John muchos años antes de sus encuentros en su camino de Damasco con el ‘Rock Around the Clock’ de Bill Haley y el ‘Heartbreak Hotel’ de Elvis Presley.

A principios de la década de 1960, cuando la antigua banda de skiffle de John, los Quarrymen, había evolucionado hasta convertirse en el mejor grupo de música beat de Liverpool, los Beatles, él ya llevaba el rock and roll en la sangre. En aquella época, los entendidos de la ciudad devoraban los sonidos del pop de Brill Building o las raras importaciones de soul de Motown. Cuando Lennon y McCartney realizaron sus primeros y vacilantes intentos de escribir canciones en lugar de copiar los originales estadounidenses, su imaginación era un fermento de influencias. Country and western era lo más popular de la música en directo en la ciudad, lo cual es el motivo por el que George Harrison se convirtió en guitarrista y no en cantante de blues, como Eric Clapton, el chico de Surrey. En los auditorios musicales demolidos hacía tiempo, era posible encontrar desde espectáculos de Broadway hasta cánticos de fútbol, pasando por recuerdos familiares.

Sobre todo ello se hallaba el talento creativo innato de Lennon y McCartney. Se inspiraban mutuamente, primero como amigos y más tarde como rivales. Su banda, los Beatles, se vio reforzada y sensibilizada por los innumerables espectáculos en Hamburgo, el Cavern y otros emplazamientos. Y en Londres conocieron a George Martin, quien fue, sin duda, el productor más intuitivo con el que podían haber llegado a trabajar. Una vez en marcha, los Beatles conquistaron el mundo y fueron imparables.

Todo esto no fue suficiente para Lennon. A millones de personas les encantaba ‘Please Please Me’, ‘She Loves You’ y ‘I Want To Hold Your Hand’, pero John pronto se cansó de cualquier fórmula, por mágica que fuera. Al escuchar las canciones de Bob Dylan sintió el aguijonazo para convertirse en poeta. Recurrió a la introspección en su propio estado de agitación buscando probar su capacidad de autoexpresión. Comenzó a adornar el repertorio de los Beatles con temas de carácter oscuro, como ‘I’m A Loser’ y ‘You’ve Got To Hide Your Love Away’. En su tentativa más brutal hasta el momento, escribió un tema que tituló, sencillamente, ‘Help!’; no obstante, las convenciones de la música pop de éxito en las listas se aseguraron de que nadie adivinara si realmente pedía ayuda.

Cuando, poco a poco, los Beatles comenzaron a desaparecer detrás de los bigotes y un humo dulzón, las letras de Lennon se desplazaron hacia una imaginería más compleja y original. Y, paradójicamente, a pesar de ello, consiguió una mayor revelación de sí mismo. ‘Norwegian Wood’, ‘Tomorrow Never Knows’, ‘Strawberry Fields Forever’: a pesar de que, a menudo, estos temas se hallaban impregnados de un misterio gnómico, la presencia emocional de su creador resulta indiscutible. Desdeñaba las canciones cotidianas y anecdóticas que se habían convertido en el sello distintivo de Paul. “Me gusta escribir sobre mí –aseguraría a la revista Playboy en 1980–, porque me conozco. No sé nada sobre secretarias, carteros o agentes de tráfico”.

Su precipitada honestidad casi acabó con su vida en 1966. Un comentario casual a un periódico londinense (que los Beatles eran mas populares que Jesucristo) fue pasado por alto en Reino Unido, pero desencadenó un torrente de amenazas de muerte en Estados Unidos. “Realmente se llevó un buen susto y le imbuyó en el temor de Dios –recuerda Paul–. Fue un momento en la vida de John en el que se puso realmente nervioso. Imagínate poner a todo el Cinturón Bíblico en tu contra: no resulta divertido”. Una vez resuelto y después de decidir que los Beatles ya no saldrían más de gira, John estaba listo para que ocurriera algo novedoso en su vida.

Lo que sucedió fue una mujer llamada Yoko Ono. Una artista japonesa que llegó de la nada y revolucionó la vida de John. “Entró por la ventana del cuarto de baño –bromeaba en 1969–. Despertó el bicho raro en mi interior”. John se divorció de su esposa Cynthia, la chica con la que salía cuando estudiaba arte en Liverpool, y se casó con quien describió como su “yo travestido”. Yoko era, de hecho, la hija de una familia pudiente de Tokio que se había casado dos veces, y era una artista conocida por derecho propio. El arte de John implicaba escribir letra y música, pero la clave en el arte de Yoko era su “concepto”. En su mundo, era más importante que el artefacto, lo que podía ser cualquier cosa, desde una película sobre una sonrisa hasta pasar una tarde sobre un escenario dentro de una bolsa.

En 1968 la pareja publicó un álbum, Unfinished Music No. 1: Two Virgins, más recordado por su fotografía, ambos desnudos en la portada, que por su contenido, compuesto por un mosaico de efectos de sonido, fragmentos de conversaciones y ruido aleatorio. Por la misma época, Lennon utilizó una técnica similar en ‘Revolution 9’ del álbum The Beatles (el “Álbum blanco”). “A John le fascinaba todo esto –afirma McCartney, quien había presentado a su compañero el trabajo de los compositores vanguardistas y le había mostrado algunos efectos de sonido–. Al tratarse de John, había decidido grabar un disco con ellos. Le emocionaba tanto. “¡Tengo que hacerlo!”. En cambio, yo experimentaría con ello, pero lo limitaría a nuestros discos más convencionales. John siempre elegía saltar por encima del precipicio –reflexiona Paul–. Es posible que me comentara: “Si te encontraras frente a un precipicio, ¿te plantearías saltar?”. Yo le contestaría “¡Que te den!” Salta tú y luego me cuentas lo que se siente”. Esa era básicamente la diferencia entre nuestras personalidades […]. Tras conocer a Yoko, diría: “¡Ah! Ahora podemos hacerlo”. Yoko le daba la libertad para hacerlo. De hecho, ella quería más. “Haz el doble, sé más atrevido, quítate toda la ropa”. Ella siempre lo presionaba. Y a John le gustaba. Nadie lo había presionado antes”.

John y Yoko y se casaron en marzo de 1969, justo una semana después de que lo hicieran Paul y Linda Eastman. Esta sincronización era el símbolo de un hecho consumado. Los dos hombres habían dado por finalizada la colaboración central de su juventud, cuando iniciaron las relaciones clave de su madurez. Ninguna mujer tuvo una relación fácil con la prensa y el público, pero la de Yoko fue más difícil. En un extremo estaba el sentimiento antijaponés: pero por otra parte también estaba el escepticismo sobre su talento y la disconformidad con su influencia sobre John. No obstante, a pesar de lo que muchos sentían, ella no disolvió los Beatles, se separaron de mutuo acuerdo.

En favor de John hay que decir que la defendió siempre. Se enfrentó al ridículo y a la hostilidad, e incluso lanzaron más discos juntos. En mayo de 1969, Unfinished Music No. 2: Life With The Lions presentaba sonidos de guitarra distorsionados y voces fantasmales; la cara B incluye el latido de un corazón vacilante en honor al hijo que perdieron en un aborto. Su Wedding Album se lanzó en noviembre, otro desconcertante collage de sonidos. Nunca desaprovecharon la oportunidad de proclamar su amor, aunque, como John confesó ese mismo año, “incluso dos personas tan afortunadas como nosotros, que tienen a alguien cercano a todos los niveles, pueden encontrar la desgracia más profunda. Esa es la condición humana y no hay ningún tipo de respuesta para eso”.

En Gran Bretaña se asumía que Yoko había “camelado” a John por su dinero y su fama. Pero durante los años siguientes pareció que se confirmaba una observación realizada por el último mánager de los Beatles, Allen Klein, en referencia a que John necesitaba a Yoko más que ella a él. En realidad, solo podemos especular al respecto. Su mente ágil y don de gentes siempre fueron un curioso contraste con la imagen rígida y esotérica de Yoko. Pero él la eligió a ella, no podía vivir mucho tiempo sin ella, y produjo tantas grandes canciones después de conocerla como antes de ese momento.

Los discos experimentales que produjo con Yoko fueron muy reveladores, aunque todo lo que John producía era revelador; sin embargo, es posible poner fecha a su carrera de un modo formal una vez fuera de los Beatles en 1969, cuando se atribuyó ‘Give Peace A Chance’ a la Plastic Ono Band. El grupo existía solo en teoría, bautizado así en honor a un proyecto de Yoko con músicos de plástico, conectados para actuar en un escenario. Finalmente, los Lennon solo confeccionaron estos modelos en miniatura, pero la Plastic Ono Band se materializó como un conjunto ad hoc de músicos, que en ocasiones incluso llegaron a contar con George y Ringo, John y Yoko, en su núcleo. Sus primeros discos sin los Beatles, pero al llegar 1970 ya trabajaba de manera del todo independiente.

También se produjeron varias apariciones públicas, ya fuera en forma de encamadas (bed-ins), envolverse el cuerpo al completo con una bolsa (bag-ins) o conciertos ortodoxos. La más importante de todas ellas tuvo lugar en un concierto de rock and roll en Canadá, que dio pie al álbum Live Peace in Toronto 1969, en el que, a John y a Yoko, se les unieron Eric Clapton, Klaus Voormann (antiguo camarada del grupo en sus épocas de Hamburgo) y el batería Alan White. Afectado por la heroína, John ensayó con su banda circunstancial a bordo del avión que los llevaba a la ciudad; así, interpretaron un conjunto de versiones de la década de 1950, sin pies ni cabeza, algunas de las eternas improvisaciones de Yoko y la primera interpretación de ‘Cold Turkey’.

Sin embargo, nada le preocupaba más que su campaña en favor de la paz mundial, para la que él y su esposa estaban más que dispuestos a ser “los payasos del mundo” y “los bufones de la corte del movimiento juvenil”.

Con el álbum Imagine, lanzado en 1971, John finalmente consiguió credibilidad como estrella del rock independiente de los Beatles, pero fue el último disco que grabaría en Inglaterra. Nunca le gustó Londres, y encontró su hogar definitivo en la ciudad de Nueva York, donde Yoko le recuerda mirando con nostalgia las dársenas, los muelles y los transatlánticos, declarando que era “como un Liverpool que empieza a comportarse como es debido”. Unos cuantos años más de ajetreo y agitación precedieron a su retiro virtual en 1975, un punto de inflexión marcado por el nacimiento de su hijo Sean. Tal y como escribió a su amigo Derek Taylor: “Yo mismo he decidido ser o no ser durante unos cuantos años. Estoy disfrutando de mi embarazo […] tiempo para pensar […] que también se trata de tener tiempo”.

El autor Albert Goldman escribió un escabroso retrato de los últimos años de John en Las muchas vidas de John Lennon. Pero quizá Goldman había quedado excesivamente influido por su previa y magistral descripción del declive de Elvis Presley. Su libro sacrificó la calidez y la comprensión empática en su esfuerzo por presentar el apartamento de John en la séptima planta del edificio Dakota como un decadente Graceland en las alturas. Las últimas apariciones de John no fueron las de un hombre devastado. Estaba más delgado y envejecido, pero lo cierto es que nunca tuvo un aspecto demasiado juvenil; sus maneras eran agradables y parecía satisfecho, como si hubiese encontrado el equilibrio que le había esquivado toda la vida.

A diferencia de la mayoría de las estrellas de la década de 1960, John demostró en sus últimas canciones que al alcanzar la madurez no le fallaron las fuerzas. Fue asesinado en 1980 y resulta amargo pensar que su evolución quedó interrumpida por un acto de odio tan monstruoso. En una época en la que la fama es considerada de suma importancia, sin imponer la manera de alcanzarla, su asesino Mark David Chapman debe considerarse como una historia de éxito del tipo más abominable.

A partir de ese momento, el impacto de Lennon ha sido un continuo objeto de debate. Con seguridad, la tendencia de algunos de sus seguidores de considerarle un mártir cubierto con un velo de misticismo va desencaminada. Ha incitado a otros a reaccionar contra un aura de santidad al menospreciar su legado para la posteridad. Por suerte, aún tenemos su música, que siempre constituyó una guía fiable sobre la auténtica naturaleza de John, con toda su falibilidad humana y su heroicidad moral ocasional. Lennon era enloquecedoramente impredecible. Era capaz de dar autenticas piruetas ideológicas de una manera tan casual que desesperaba a sus adeptos. Su personalidad sufrió transformaciones dignas de un licántropo de película de serie B. Podía ser el prisionero más abyecto de la autocompasión y, en otros momentos, un marido y padre alentado por el amor familiar. Y allí está la música de Lennon para ilustrar cada paso de ese viaje.

En ocasiones, las ideas eran para John como una moda pasajera, al igual que la ropa de Kings Road. La elegante ropa que le fascinaba en verano le aburría en otoño. Quizá era ese su trabajo, no ser necesariamente coherente, sino escudriñar los pensamientos y sueños que se arremolinaban en el mundo durante su época. Era tan receptivo que a menudo parecía ingenuo. Pero también era temerario. Era como un radar que recogía cualquier señal en el aire y, entonces, como el santo loco que era, la ponía en práctica de inmediato. Vivió y respiró las ideas de su tiempo, y, dramáticamente, les daba vida en una canción.

Creyente y cínico, atolondrado y perspicaz de forma alterna, ostentoso y vulgar, vulnerable y compasivo: es imposible simplificar o negar a Lennon. Yoko comentó en una ocasión, con gran acierto: “Dicen que un hombre ciego tiene una cara honesta” porque nunca ha aprendido a usar sus expresiones para mentir. De esta manera le gustaba explicar la inocente franqueza que reflejan las canciones de John. No podía ocultar todo lo que sentía o experimentaba, porque siempre podía crear música y John desnudaba así su alma al mundo.

En ninguna otra música en la vida de Lennon hay tantas confesiones tan crudas y sostenidas como en el primer álbum post Beatles. Llevaba escueto título John Lennon/Plastic Ono Band.

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